jueves, enero 22, 2009

adioses diarios

llevo sentado en el sofá hará unas dos horas, o mil minutos, o un día y medio, no lo sé, he perdido la cuenta. me zarandeo con la barbilla sobre las rodillas como un chiquillo autista y empiezo a mirar a todos lados tan pronto como dejo de mirar fíjamente a un mismo punto.
doy vueltas por toda la casa intentando acordarme de algo que hacer, me siento al ordenador a ver si te encuentro y tampoco. sigo dando vueltas por casa.
el reloj de pared, tan cuco como siempre, me parece un reloj de arena de pronóstico maldito, cada movimiento parece hechar sobre mí pecho un poco más de cemento.
hace un calor espantoso y me estorba la ropa, comienzo a sudar como un descosido. me pica la nuca, la rasco, y me pica la oreja, y el estómago, y la cara, y las plantas de los pies ...y no parezco estallar en carcajadas.
el pelo cada vez más grasoso y despeinado, las cuencas de mis ojos oscurecen y se amoratan, cada vez más lejos del mundo mis ojos.

desespero
desespero completamente al ver que no llegas.
no quedamos en llamarnos pero lo esperaba.
lo esperaba, eva, lo esperaba.
desespero

vuelve el tictaqueo de ese reloj autómata; cada tic un soplo de aire caliente, cada tac un hachazo.
me acerco al frigorífico y no hay agua fresca, ni nada fresco, ni un cubito que hecharme a la boca, nada, y nada es nada.
intento resetear mis ideas y poner cada mueble en su sitio: las sillas con las sillas, los ataudes con los ataudes, las batidoras con las batidoras, las almohadas con las almohadas; intento que cada cosa ocupe su sitio y desato la algarabía maravillosa que todo lo torna: el desorden, desespero.

vuelvo a llenarme el pecho de aire una y otra vez mirando al teléfono encima de la mesa, intentando estar pensando que todo va a salir bien; pero tan pronto como lo intento me desmorono: te olvidaste de mí y lo admito, aunque me cueste; te cansaste, esperabas un muchacho esbelto y guapo y cariñoso, y encuentras esto... sí te entiendo, tranquila, no pasa nada.
cada segundo es una gota roja que regalo al mundo.
no necesito más la sangre si no tengo con quien mezclarla, si no tengo con quien disparar desde ahí arriba... ¡me siento tan ínfimo!...
vuelvo a llenarme el pecho de un aire insípido y cálido, mil veces respirado.
empiezo a ser consciente de que mirarás de otra forma, de que nada esperas de alguien que nada puede darte.
los tanques vuelan de un lugar a otro pisándome todos y cada uno de ellos: angustia es la palabra... desesperación, quizás.
¿vomitarás si te digo que desde que nos acostamos no me he duchado? da igual que nos hayamos acostado ayer o ahora mismo, ¿vomitarías?
me pesan estos párpados de plomo y los mantengo abiertos hasta el amanecer, desesperado, angustiado, maltratado por el tictaqueo homicida...
me tiro del pelo, me lo arranco y grito. golpeo mi cabeza contra ese muro de contención que todos tenemos, desesperado, triste.
me meto la mano en el pecho y tiro de algo con fuerza entre lágrimas y griteríos y espasmos incontrolables. arranco el órgano lo lanzo por la ventana y caigo en un desdén de la razón.

intento llenar mi pecho de aire por última vez, y muere en gorgotones de sangre y oxígeno.

suena el teléfono temblando sobre la mesa:
-¿qué tal? ¿nos tomamos algo?
-claro, ahora voy.


todo vuelve a la normalidad que buscaba, con la conciencia intranquila repleta de saber que tras de esto queda el rastro de un siempre funcionar así enfermizo, de un no saber cómo controlar ese sin-yo que desatina y mata al más fuerte si es necesario...
y tras tu próxima ausencia, idéntica mi condolencia.


a cada paso, un paso más hacia ninguna parte

1 comentario:

  1. Muy buena esa metáfora de la amputación cardíaca y, bueno, redundando en el tópico:

    "el que espera desespera".

    Un fuerte abrazo desde el Otro Lado.

    P.D. Y no hagas tonterías mientras observas el teléfono pendiente de que suene.

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